POSITIVISMO TÓXICO ¿es peligroso?

¡Sé positivo!”. “Eleva tu vibración”. “Good vibes only!”. “No dejes espacio a los pensamientos negativos”. “No te preocupes, o atraerás a tu vida lo que más temes”. “Podría ser peor, tienes que encontrarle el lado positivo”. “No estés triste/no te enfades, agradece todo lo bueno que tienes en tu vida”.

El auge del llamado “pensamiento positivo” está presente cada día de forma más o menos sutil a través de las redes sociales, con memes y lemas que proliferan hasta en las tazas y las camisetas. 

NUEVA CULTURA POSITIVA

La cultura del positivismo tóxico ha calado de tal forma que hemos normalizado el hecho de recibir consejos de este estilo ante cualquier situación. “Saldremos mejores” era la frase que más se leía en las redes durante los primeros e inciertos tiempos de la pandemia. 

Constantemente, se nos dice que la clave para encontrar la tan huidiza felicidad es ser capaces de silenciar cualquier atisbo de negatividad que aparezca en nuestra vida. 

Incluso cuando nos enfrentamos a duelos y rupturas, enfermedades y pérdidas, nuestra sociedad deja poco espacio (y siempre breve, en cualquier caso) para hablar de nuestros verdaderos sentimientos, procesarlos y de este modo, sentirnos mejor. Parece que ser positivo es la respuesta estándar para todo.

El empuje de lo positivo alcanza a todas las áreas de nuestra vida. Se supone que debemos ser felices en el trabajo, en casa, en nuestras relaciones, incluso cuando nos enfrentamos a un trauma o a una gran pérdida. 

¿HAY PRESIÓN PARA SER FELIZ y PARECERLO?

El movimiento “body positive” también nos pide que nos sintamos positivos respecto a nuestros cuerpos. Y es que tener una actitud positiva se ha convertido casi en una prescripción ante cualquier enfermedad, problema o discapacidad. 

Las aulas, los hospitales y las oficinas están llenos de carteles que nos animan a encontrar sentido y felicidad en todo. Por la noche, nos sentamos en el sofá y pasamos el dedo por la pantalla de nuestros móviles, que nos llevan de una a otra cita o foto motivadora. 

Si no progresamos más, nos decimos mientras vemos todas esas sonrisas, esa perfección y esas buenas vibraciones, es porque no lo estamos intentando con el ahínco suficiente. La presión para ser felices y parecerlo nunca ha sido mayor en otro momento de la historia. Del mismo modo que nunca hubo más personas ansiosas y deprimidas.

Imagínese que su pareja se levanta una mañana y le dice por sorpresa que necesita tomarse un tiempo y repensar la relación. Su discurso le toma desprevenido. Su mente va de un lado al otro, siente pánico y no tiene ni idea de cuál va a ser su próximo paso. 

Decide quedar con un amigo para contárselo. Lo hace. Su amigo le mira con una media sonrisa enigmática mientras guarda silencio, como si de un momento a otro fuera a darle una clave fundamental para hacerle sentir mejor. Usted espera. Y al fin, se lo suelta: “Piensa en todo lo que vas a aprender gracias a esto. Y además, es verano. ¡Podría haber sido peor! Ahora tendrás más tiempo para ti y para ver a otra gente”.

Usted se queda helado y mira a su amigo sin comprender nada, mientras considera si de verdad debería sentirse agradecido por estar perdiendo a su pareja. Además de estar triste, ahora se siente confundido. 

La verdad es que no se ve capaz de sentirse agradecido por lo que le está pasando en este momento. La conversación con su amigo le ha estresado y le ha dejado más perdido que antes, con la sensación difusa, además, de que hay algo que no comprende o no está haciendo bien. 

Sintiéndose incomprendido, deja de lado sus sentimientos y le dice a su amigo: “Sí, claro, gracias”. Además de estar preocupado por su crisis de pareja ahora se siente más aislado y solo, y también un poco avergonzado por no ser capaz de verle el lado positivo del asunto.

Probablemente todos hemos experimentado alguna vez interacciones parecidas. Y aunque lo más seguro es que ese amigo tuviera buenas intenciones, quizá no haya sido consciente de que su mensaje, lleno de positividad tóxica, no ha ayudado en nada, sino más bien al contrario. 

Cuidado: no es que lo que ha dicho sea falso. Seguro que va a aprender mucho de la situación, y por supuesto, podría ser peor. Lo que pasa es que usted todavía no está en ese punto. En este momento está preocupado, asustado, con el cuerpo y la mente en modo alerta. Y ningún “todo va a salir bien” podría cambiar eso. Lo que de verdad hubiera necesitado por parte de su amigo es validación y un poco de espacio para expresar sus sentimientos. ¿Le resulta familiar?

La positividad bien usada es una herramienta estupenda para mejorar nuestro bienestar. Numerosos estudios han corroborado que tener sentimientos positivos como la gratitud, la autoconfianza, el optimismo o la esperanza puede alargar nuestra vida y mejorar la salud. 

Se sabe que las personas que tienen pensamientos positivos tienen más posibilidades de llevar una vida social rica y más activa, así como de comprometerse más fácilmente con comportamientos saludables. Podríamos decir que es saludable sentirse “positivo” cuando este sentimiento es genuino.

Pero si nos damos un paseo por las redes sociales nos daremos cuenta de que, en algún punto de la historia, hemos construido la idea de que ser una “persona positiva” significa que tenemos que ser algo así como robots que se obligan a ver el lado bueno de cualquier cosa. Hasta de las que no lo tienen.

Forzarse a ser positivo nos conduce a un bloqueo de ciertas emociones

Forzamos la positividad en nosotros mismos, y en los demás, porque la sociedad nos dice que sentirse de otro modo es un fracaso. La negatividad es vista como el enemigo, y nos castigamos a nosotros y a los que nos rodean si sucumbimos a ella en algún momento. El mandato parece ser: si no eres capaz de verle el lado bueno a un asunto debe de ser porque no lo estás intentado lo suficiente. Y si eres negativo, te conviertes automáticamente en una carga para los demás.

Ante la positividad tóxica, reivindiquemos aquí la positividad saludable, que es la que nos permite dejar espacio tanto a la realidad como a la esperanza de que las cosas pueden cambiar. 

La positividad tóxica, en cambio, niega una emoción (sobre todo las más difíciles de sentir) y nos fuerza a suprimirla, como si no fuera adecuada. Es importante recordarnos a cada momento que es normal que haya cosas que nos disgusten. 

Que el mundo puede resultar un lugar abrumador en ciertas ocasiones, y que hablar de esas cosas que nos preocupan y que nos importan no es “ser negativo”. Aunque es cierto que habrá personas que no serán capaces de apoyarnos cuando lo necesitemos, eso no significa que seamos demasiado sensibles o que debamos dejar de expresar nuestros sentimientos. De lo que se trata es de elegir bien con quién lo hacemos.

Los expertos empiezan a advertirlo: forzarse a ser positivo nos conduce a una supresión de ciertas emociones, algo que resulta dañino para el cuerpo, la mente, nuestras relaciones y la sociedad. 

Hay que evitar reprimir las emociones

Reprimir emociones es, aseguran, una estrategia poco efectiva y nos acaba provocando malhumor, sentimientos negativos acerca de las interacciones sociales e incluso una disminución de los sentimientos positivos que tanto anhelamos. 

También tiene graves consecuencias para la salud física, puesto que no importa qué tipo de emoción decidamos suprimir, positiva o negativa, hacerlo va a implicar estrés para el cuerpo, que se traduce, por ejemplo, en un impacto en la presión arterial, en una disminución de la memoria y un incremento del riesgo, entre otros, de sufrir diabetes o enfermedades cardíaca.

He aquí algunos ejemplos de frases tóxicas que todos hemos pronunciado alguna vez y que deberíamos olvidar para siempre si de verdad queremos resultar de ayuda y fomentar que las personas puedan expresarse de forma auténtica:

  • “Todo sucede por una razón”

Esta frase puede hacer mucho daño si se la decimos a alguien que se enfrenta a un hecho traumático o a una pérdida. Algunas cosas simplemente suceden, y no existe ninguna una razón para ello. Decirle esto a alguien que sufre puede hacerle sentir muy confuso e incomprendido.

  • “Sé positivo”

Esta frase simplifica procesos emocionales muy complejos, especialmente cuando se le dice a alguien que padece una enfermedad mental como puede ser la depresión.

  • “La vida nunca te traerá una situación que no puedas manejar”

No, las cosas malas no nos suceden porque seamos capaces de manejarlas. Algunas personas se encuentran en situaciones que son incapaces de gestionar en el momento, y eso es algo perfectamente normal. Cuando le decimos esta frase a alguien damos por hecho que siempre hay una lección que aprender detrás de cada reto, que las personas son algo así como “elegidas” para vivir esas situaciones y que, por lo tanto, más les vale estar a la altura.

  • “El tiempo lo cura todo”

Esto no es cierto, y además, decírselo a una persona que todavía no ha superado una situación dolorosa puede hacer que se avergüence de sentirse como se siente. Nadie excepto uno mismo puede decidir cuándo ha sanado o superado un dolor o una herida.

  • “Todo irá bien”

Decirle que todo irá bien a alguien que siente pánico o que está sufriendo mucho no va a convencerle de lo contrario ni le va a servir de consuelo. No solo no ayuda, sino que es una manera de terminar con la conversación y de no permitir que la otra persona se exprese con libertad y sienta que tiene derecho a mostrarse vulnerable frente a nosotros.

  • “No llores”

Solemos decir esto porque nos sentimos incómodos sosteniendo la tristeza de otra persona, y puede que quizá también la nuestra. Pero debemos recordar que llorar es algo saludable y normal. Decirle a alguien que no lo haga es decirle también que su tristeza no es adecuada, e invitarle a que reprima sus emociones sanas.

  • “Tienes mucho por lo que sentirte agradecido”

Desde luego. Pero es posible estar disgustado y a la vez sentirse agradecido por lo que uno tiene. Decirle algo así a alguien que pasa por un momento complicado es invalidar y quitar importancia a sus sentimientos.

  • “Por lo menos no te ha pasado tal o cual cosa”

Ninguna frase que empiece con un “por lo menos” ha ayudado nunca a nadie. Además, comparar un sufrimiento con otro no tiene ningún sentido.

  • “La actitud lo es todo”

Este es un ejemplo de simplificación extrema de la realidad. Diversos estudios muestran que el éxito de una persona se debe a múltiples factores. La actitud es uno de ellos, pero no lo es todo.

  • “Agradece todo lo que has aprendido”

Pedirle a una persona traumatizada o muy dolida que se muestre agradecida es especialmente dañino, aunque sea bienintencionado.

  • “Podría ser peor”

Pues sí, pero también podría ser mejor. Esta frase minimiza la realidad del otro y le dice que su sufrimiento no está justificado porque no es “lo peor” que podría haberle pasado.

  • “No te rindas nunca”

Falso. Hay ciertas situaciones en las que rendirse es lo más valiente y necesario que podemos hacer. Y eso no significa que la persona que se rinde sea débil o incapaz. Rendirse, a veces, significa que fuimos lo suficientemente fuertes como para saber cuándo marcharnos de un lugar o de una relación que no nos convenía.

Ahora que ya sabemos qué no decir, ¿qué podemos decir que sí ayude a otra persona a sentirse escuchada, acompañada y comprendida? Algunos ejemplos:

  1. “Siento mucho que estés pasando por esto. Estoy aquí para escucharte si necesitas hablar de ello”
  2. “No sé qué decirte, pero si quieres me quedo contigo”
  3. “Te creo. ¿Puedo hacer algo por ti?”
  4. “Tú te conoces mejor que nadie”
  5. “Las relaciones son complicadas. Confío en que estás haciendo lo correcto para ti”
  6. “Te quiero”
  7. “Eso debe de haberte resultado muy difícil”
  8. “Te apoyo en tu decisión”

Optimismo realista

El optimismo realista aúna las ventajas de ambas concepciones. Es un concepto fácil de explicar y en muchas ocasiones, difícil de aplicar. Consiste en aceptar las cosas tal como han ocurrido, aceptando y viviendo también los sentimientos que eso nos produzca, pero manteniendo siempre el foco en encontrar una solución cuando lo que ha ocurrido no nos gusta y nos provoca sentimientos desagradables.

Según el estudio publicado por Sophia Chau, de la Universidad Nacional de Taiwán, una figura, la del optimista realista, reúne las principales ventajas de unos y otros (optimistas y pesimistas) y apenas se ve perjudicado por ninguno de sus defectos. Su optimismo les permite afrontar los retos con buena cara, pensando que van a ser capaces de salir adelante aunque el reto sea duro y su realismo les permite ser precavidos ante esos posibles problemas que puedan surgir en su camino. En resumidas cuentas, el optimismo es una importante herramienta de motivación y el realismo, de prevención.

Las conclusiones del estudio de S. Chau demuestran que el optimismo y el realismo no son incompatibles, sino obligadamente compatibles. Que los optimistas tienen una mayor capacidad de autocontrol y de manejo de sus relaciones personales. Los optimistas realistas no tenían ninguna de las características negativas asociadas con el pesimismo.  Mantienen unos niveles de felicidad similares a los optimistas y suelen sufrir menos problemas de salud.

Tener una actitud optimista y saludable, ¿cómo hacerlo?:

  • Dudar de los pensamientos cuando son exclusivamente negativos. Intentemos buscar algo positivo o, al menos, procuremos relativizar su gravedad.
  • Si nos encontramos bloqueados ante una situación, no intentemos buscar una solución de forma inmediata. Debemos pararnos, reflexionar y buscar alternativas.
  • Realicemos, con cierta frecuencia, registros de todo aquello que consideramos positivo en nuestras vidas.
  • Seamos receptivos hacia quienes nos demuestran su afecto y nos valoran y aceptan tal y como somos.
  • Utilicemos pensamientos constructivos (“quiero”, “puedo”), desechando aquellos que nos dificultan el logro de los objetivos (“soy así y ya no puedo cambiar”).
  • Aceptemos nuestros errores. Errar es parte del proceso del aprendizaje y, por tanto, del posible éxito.
  • Afrontar las dificultades como una ocasión para fortalecernos.

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