5 TIPS PARA NO SENTIR AGOTAMIENTO CUANDO AYUDAMOS A OTROS

Según el diccionario de la RAE:

La compasión es: “Sentimiento de tristeza que produce el ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo”.

Es un sentimiento humano que se manifiesta desde el contacto y la comprensión del sufrimiento de otro ser humano. Emoción más intensa que la empatía, la compasión, es la percepción y la compenetración en el sufrimiento del otro, y el deseo y la acción de aliviar, reducir o eliminar por completo tal situación dolorosa.

Deberíamos tomar con cautela estas definiciones ya que en el caso de los profesionales de ámbitos de ayuda a terceros y en cualquier persona no acostumbrada a mantener la distancia necesaria y racionalizar las cosas ante los problemas de los demás, se está observando la llegada de un nuevo síndrome:

El Síndrome de Desgaste por Empatía (SDE)

«agotamiento emocional que determinados profesionales sufren por trabajar con clientes traumatizados»

El psicólogo Charles Figley le puso este nombre, alternándolo con el de Fatiga por Compasión.

Llego al descubrimiento de tal síndrome tras analizar el comportamiento de un grupo de voluntarios neoyorkinos tras los atentados del 11 de septiembre. Imaginaos lo que aquel suceso hizo en las mentes de millones de afectados, profesionales y voluntarios.

Claramente se observaron unos síntomas que el propio Charles Figley definió como: re-experimentación constante, embotamiento afectivo, hiperactivación, estado sostenido de nervios.

Los psicólogos Kapoulitsas y Corcoran añaden más consecuencias a esta lista y profundizan en las de Figley: irascibilidad, cambios de humor repentinos, sentimientos de culpabilidad, problemas con el sueño, problemas de concentración.

Este síndrome se representa en forma de losa, la adquirida y contagiada por los problemas del otro entendidos como propios.

Es decir, tanto los profesionales como cualquier ser humano, en su ayuda a los demás puede caer en un síndrome que va a arrastrarlo a una situación emocional similar a la que está sufriendo la persona a la que se pretende ayudar; nos olvidamos de que para ayudar, primero tenemos que ayudarnos a nosotros mismos.

El tiempo de aquellas personas sufridoras que acarreaban en sus espaldas con los problemas propios y ajenos y lo sobrellevaban como bien podían debe acabar.

Hoy en día está en boca de todos la Inteligencia Emocional, y para saber llevarla a cabo es necesario repasar nuestra mente y hacernos con las herramientas necesarias para mantener un equilibrio emocional y mental que nos lleve a desarrollar nuestro trabajo y vida social.

Como siempre la teoría o las palabras a través de una pantalla de ordenador están muy bien pero en Psicobil intentamos llegar un poco más allá, os damos las herramientas, para cuando os sintáis desbordados:

  • Reconocer esa sensación de fatiga, y ponerle nombre.
  • Identificar las personas o situaciones que me la están generando.
  • Tomar distancia y reservar un tiempo para mí: poner límites y saber decir no.
  • El ejercicio físico puede ser una vía de escape para tu mente.
  • Un estilo de vida saludable, alimentación sana y un buen descanso, mejorara el bienestar emocional.

No debemos pararnos ahí, tenemos que dotar a los que vienen por detrás nuestro, los niños y adolescentes, del conocimiento necesario que les aporte ese equilibrio, hay que enseñarles a entender y usar sus emociones, a no dejarse su salud emocional en la ayuda a los demás, pero que eso no signifique razón para no ayudar.

En resumen, es fácil caer contagiados por las emociones de los demás cuando intentamos ponernos en su lugar y ayudar; nadie está exento de ello, profesionales del entorno de la ayuda a las personas (médicos, psicólogos, voluntarios,…) o cualquier ser humano que intente hacer más llevadero el dolor emocional puede sentir que los problemas de los demás le saturan, que no es capaz de acarrear con ellos, pero ahí está el punto de inflexión, tener muy presente que estamos acompañando y ayudando no haciendo nuestros sus problemas; si no lo hacemos, nuestra intención se desvirtúa y terminamos necesitando nosotros la ayuda.

 

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